¿Estamos frente a una inquietante crisis de confianza?

José Antonio Sosa Plata

Uno de los mejores mensajes navideños que dieron diversos jefes de Estado en el mundo fue el del rey Felipe VI de España. Además de dar un giro de 180 grados en el formato, estilo y escenografía, el contenido traspasó las fronteras de su país.

El monarca abordó diversos temas. Pero uno que llamó mucho la atención de algunos medios internacionales fue el de la “inquietante crisis de confianza” que hay en las sociedades democráticas, pues afecta al “ánimo de los ciudadanos y a la credibilidad de las instituciones”.

Muy pocas veces se reconoce este problema. Prácticamente nadie lo había vinculado con otros temas relevantes, como la erosión de las estructuras de gobierno, las desigualdades sociales, la tensión y violencia que genera en el debate público, la desinformación, el miedo y el deterioro de la convivencia.

Si bien este discurso no cambiará de fondo la realidad política de las naciones que día a día viven esta situación, el análisis que presenta el rey Felipe VI tiene que ser revisado escrupulosamente por algunos líderes de América Latina. Por un lado, porque se trata de una pieza oratoria muy valiosa, en forma y fondo. Segundo, porque da varias pistas sobre lo que debería ser un proceso de transformación sólido y duradero. 

Vayamos por partes. Primero, se llega a una crisis de confianza en una sociedad democrática cuando las personas se sienten desencantadas, frustradas o desmotivadas con la política. Segundo, cuando los conflictos entre los políticas se exacerban y se incrementan las dudas sobre si el sistema político puede resolver los principales problemas que tiene la población. Y tercero, cuando se pierde la credibilidad en los gobiernos, tribunales, congresos y partidos políticos.

Para que se genere una crisis de confianza no es necesario que todas las variables se den en forma simultánea. Surge de procesos que se han ido acumulando durante décadas, de manera particular a partir del deterioro del neoliberalismo y el resurgimiento de los modelos populistas, caracterizados por sus extremismos y el radicalismo que los acompaña.

Ante el enorme poder que han acumulado los gobiernos que emergen de la polarización —aprovechando el descontento ciudadano— la experiencia reciente demuestra que a pesar de la fortaleza que proyectan, sus líderes no logran comprender que su punto débil está, precisamente, en la pérdida de confianza de las sociedades por el fenómeno de la crispación y lo efímero de algunos de sus resultados en los temas de economía y seguridad pública.

Los ejemplos adversos de la sobrevaloración del poder acumulado sobran. No sólo en América Latina y el Caribe, sino en todos los continentes. El hastío, desencanto y desafección están provocando cambios de gobierno y alternancias que hasta hace algunos años nos parecían imposibles.

Los bandazos van de la extrema derecha a la extrema izquierda. La ideología dejó de ser una de las variables determinantes para elegir autoridades. Las interacciones cotidianas con las instituciones públicas a través de los servicios administrativos, la rendición de cuentas, la capacidad para hacer frente a situaciones de emergencia, la integridad de los servidores públicos y una comunicación clara y eficiente son variables determinantes para no votar por un cambio de gobierno.

Por eso, cuando no hay diálogo, se ofende, o como dijo el rey Felipe VI, “no hay respeto en el lenguaje y en la escucha de las opiniones ajenas”, o no existe “especial ejemplaridad en el desempeño del conjunto de los poderes públicos” se “provoca hastío, desencanto y desafección” en la población. 

Desde esta perspectiva, la crisis de confianza no sólo es real sino que va en aumento. Y es preciso detenerla por las graves consecuencias que puede tener en la gobernabilidad y la estabilidad económica de los países. En el espacio de las estrategias de comunicación política, es mucho lo que aún debemos hacer.

En todos los protocolos del manejo de situaciones de conflicto y crisis se señala que, para resolver una crisis, primero hay que reconocerla. Si no se acepta, el principal riesgo que se corre consiste en que la gente deje de creer que el sistema democrático funciona y aumenten las acciones que la ataquen o cuestionen.

Las cifras más recientes son preocupantes. De acuerdo con la Encuesta OCDE 2025, sólo una de cada dos personas manifiestan baja o falta de confianza. El 39% reporta confianza alta o moderadamente en el gobierno nacional. Y las legislaturas y los partidos políticos se mantienen como las instituciones menos confiables de todas.¿Quiénes no se han dado cuenta de lo que está pasando? ¿A quiénes no les conviene que ya se resuelva?

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