Autoritarismo posmundialista


Irmgard (Gardi) Emmelhainz*

Pier Paolo Pasolini advirtió que el autoritarismo después de la Segunda Guerra Mundial no operaría a través de la represión directa, sino por medio de la homogeneización cultural impuesta por el consumo disfrazado de consenso moral. Es decir, sería un autoritarismo basado en una única manera legítima de pensar, de hablar, de disentir o de gozar. Mientras que el sentido común vira lentamente a la ultraderecha y las luchas anticapitalistas, contra la opresión y por la defensa del territorio y los derechos se borran, se ignoran, se reprimen, se invisibilizan de la imaginación política colectiva, la definición de Pasolini cobra vigencia. Se va aboliendo la diversidad del pensamiento, se supera a la polarización digitalizada como bastión del régimen y el consenso impuesto desde arriba se convierte en la obligación moral de gozar en masa negando la realidad del país. 

Luego de las reacciones polarizadas contra el branding de la ciudad con el color morado asociado a la versión feminista de la transformación etiquetada con el mote clasista “iztapalapatización”, se instaura el consenso que el Mundial nos permitió olvidar la polarización y coexistir de otra manera, trayendo un tipo de socialización basada en la apertura a una dimensión distinta de la expresión de la experiencia pública y colectiva. Que con el espectáculo de masa incluyente en el espacio público de la ciudad, se estableció “un nuevo acuerdo social basado en la equidad solidaria, y en la revitalización de la dignidad nacional”. A esta configuración del espacio, donde además de los Fan Fests se colocaron pantallas gigantes para que cientos de miles de espectadores se congregaran a ver los partidos y luego a festejar hasta 1.4 millones de espectadores. A esto se le llamó un “estadio extendido” que sirvió de antídoto populista contra el estadio robado por la FIFA con boletos impagables por la mayoría. 

La celebración de la integración de esta masa evoca nostalgia por la época (priísta) en la que los ojos de la nación entera estaban puestos en el mismo contenido (noticiero, telenovela) y predominaba un nacionalismo sentimentalista revividos por las cápsulas de GNP. Recuerda también a las fernsehstuben o salas de televisión, espacios públicos creados en la Alemania nazi para el consumo colectivo de transmisiones de televisión, especialmente durante los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. 

En su clásico Masas y poder, Elías Canetti afirma que la masa se desintegra con la misma rapidez con la que se constituye, y que el fenómeno más importante que se desarrolla en su interior es la descarga: se desechan las separaciones y todos se sienten iguales. Así se consigue un enorme alivio. La concreción de la masa, en resumen, es la búsqueda de un instante feliz. A la que le sigue la fobia a ser tocado por el desconocido (véanse la explosión de reportes de robo en redes sociales y la instalación de Saimon, la IA de vigilancia predictiva). Los dispositivos del gobierno de la ciudad para capturar a los ciudadanos-públicos-consumidores, bien lograron la descarga, el instante feliz, euforia, comunión, nacionalismo patriotero, abolición del sentimiento de la diferencia de clase. Pero también la muerte de cuatro personas y aproximadamente de 200 toneladas de basura que fueron levantadas por personas que ganan 340 pesos por más de ocho horas al día de trabajo y sin prestaciones. 

Es así que la división de clases por poder adquisitivo y la división entre los ciudadanos que detentan derechos y los no-ciudadanos (o poblaciones desechables) se renaturalizan y pasan flotando a la superficie de la imaginación política del México posmundialista. Las personas gobernadas como no-ciudadanos por este régimen fueron las que denunciaron que el Mundial lava la imagen del país mientras que persisten desapariciones, gentrificación y desplazamiento forzado (¿Y el cambio climático?). A los ciudadanos con derechos, los no-ciudadanos y sus demandas les parecen una molestia, un estorbo para gozar del Mundial. 

Por lo menos, los cempasúchiles atemporales que fueron parte del despliegue gubernamental en el espacio público por el Mundial, y que se quemaron con el sol en dos días, sirvieron para que las madres buscadoras hicieran cruces y se las lanzaran a los granaderos. 

*Autora del libro por publicarse: Neurofascismos (México: Siglo XXI)

Share

You may also like...