FIFA: Estado corporativo con inmunidad de mercado
Oscar Rojas Silva
La copa mundial de futbol en 2026 se ha caracterizado por mostrar activamente una de las contradicciones esenciales del sistema social que llamamos capitalismo: precios exorbitantes, exclusión, comercialización extrema, demandas para aquellos que buscan conseguir beneficios por vías alternas. En suma, un sentimiento generalizado de abuso de un ente que solamente atinamos a llamar FIFA pero que no tenemos claro su significado.
Y es que el negocio del futbol tiene una historia que vale la pena tener bien presente. Este deporte surge como parte de las medidas disciplinarias que los colegios de las élites británicas utilizaban para dotar a sus estudiantes –destinados a convertirse en los próximos gerentes del capital– de atributos como el liderazgo, la salud física y el trabajo en equipo. No obstante, el futbol pronto rompió los muros de escuelas como Eton College o Rugby School para transitar hacia el mundo de las fábricas.
Las empresas buscaban el anhelado disciplinamiento, pero lo hacían mediante la identificación social de los trabajadores con la empresa que les explotaba –tal es el caso del Manchester United o el Arsenal–. Una vez más, este deporte rompió rápidamente estas nuevas fronteras al comenzar a ser una expresión de carácter popular anclada a cooperativas, mutualistas e incluso movimientos anarquistas –como ocurrió con el Barcelona o el Milán–. Cabe destacar que este proceso comenzó su propagación en el mundo a través de la creciente internacionalización de las compañías por el mundo. A México, por ejemplo, esta influencia llegó a través de las mineras inglesas que llegaron durante el porfiriato a Real del Monte, en Hidalgo.
Ya en pleno siglo XX, la evolución de este deporte alcanzó su carácter de Copa Mundial en 1930 en Uruguay, anclado al control europeo de la FIFA, que mantenía este magno evento limitado a sus propios intereses. No obstante, como lo hemos señalado en nuestro análisis basado en la economía política, la evolución del capital no se somete a constreñimientos nacionales, ni siquiera regionales, sino que apunta a su pulsión de hacerse mundial. No olvidemos que la hidra capitalista sufrió un cambio cualitativo de su primera versión inglesa hacia el imperialismo, construido sobre la base de dos guerras mundiales que arrojaron como resultado el nuevo dominio de los poderes financieros basados en el dólar. Este momento cumbre se refiere al shock Nixon de 1971, con el cual se terminaron de romper todas las amarras del capital.
No es un detalle menor que en 1974 se haya experimentado la gran mutación del futbol al nuevo entorno que hoy padecemos. Me refiero a la llegada de Joao Havelange (1917-2017) como presidente de la FIFA, dispuesto a convertir este deporte –en compañía de Horst Dassler, heredero del emporio de Adidas– en un gran consorcio multinacional acorde a los nuevos tiempos, es decir, ya bajo la lógica del neoliberalismo crudo. La expansión de las ondas satelitales y el dominio televisivo sentaron las bases técnicas de este nuevo momento.
Pero hagamos aquí una inmersión en el significado de la violencia originaria. Nada de este negocio podría ser posible sin la existencia de un espíritu colectivo que ha asegurado durante este tiempo una demanda estructurada, es decir, una afición entusiasta que suele desbordar los canales comerciales para mostrar una realidad social efervescente que refleja tanto la alegría del encuentro internacional como los profundos conflictos políticos derivados de la violencia neoliberal. Como lo apuntaba el filósofo Guy Debord en su icónico libro La sociedad del espectáculo de 1967, el capital no solo captura las mercancías producidas, sino también empaqueta la experiencia social de las masas. Es decir, la explotación no solo alcanza el tiempo de trabajo en la fábrica, sino ahora también el tiempo de ocio y esparcimiento. Se trata del control absoluto del capital sobre la experiencia humana.
La gran ironía de esta historia es que Joao Havelange logró su cometido a través de un discurso de inclusión del tercer mundo –particularmente África– para romper con el monopolio europeo. Él mismo, de origen brasileño, convenció a los votantes de las distintas confederaciones para lograr este paradójico internacionalismo. Lo que en realidad se cocinaba era un sistema aceitado de coimas y sobornos institucionalizados que comenzaron a traficar con los anhelados derechos de transmisión y publicidad de este gran espectáculo.
Havelange dejó la presidencia de la FIFA en 1998 –aunque se quedó como presidente honorario hasta su muerte en 2021– con la inmunidad oscura de un hombre poderoso con prácticas de nepotismo –su yerno Ricardo Teixeira controló el futbol brasileño como presidente de la CBF hasta 2012–, y el cual eligió a su sucesor: Sepp Blatter, quien dejó esta representación en 2015 con una investigación a cargo del FBI y la imagen histórica de un manifestante que le aventó billetes a la cara en un evento.
Así llegamos al tiempo presente. Después de lo que se conoce como el FIFAgate, esto solo representó la persecución selectiva de funcionarios sobre las prácticas que son comunes y que figuran como el corazón de esta organización trasnacional. Sabemos que este tipo de “acciones por la justicia” representan en realidad conflictos inter-capitalistas para dominar estos canales de negocios. Así llegamos a la era presente de Giani Infantino, quien actualmente ejecuta una versión de aparente renovación, pero de profunda consolidación del modelo de negocios creado por Joao Havelange.
Quise dejar para el cierre el fenómeno que se encuentra en el espectro de mayor sofisticación en el poderío de la FIFA: la captura del espectáculo social, el dominio del tiempo libre colectivo y sus necesidades de esparcimiento, los jugosos contratos de transmisión y la geopolítica en las decisiones de las próximas sedes. Se suma ahora el abuso de las tarifas dinámicas que han creado el fenómeno de los precios prohibitivos para la propia sociedad en general salvo la exclusiva élite del 1 por ciento. La FIFA actúa como una especie de Estado corporativo que puede capturar territorio de Estados nación soberanos, consigue exenciones fiscales y un uso libre de la infraestructura sin la que sería imposible la acumulación de sus ganancias.
Todo esto nos recuerda cómo las empresas trasnacionales representan una fusión en red de intereses privados y públicos. En el caso de la Copa Mundial 2026, no debe olvidarse que el gobierno de Peña Nieto ofreció las concesiones más generosas de los tres países sedes. Además, como herencia, firmó a nivel de Estado una cláusula que blinda contra cualquier alteración de los contratos.
Todo esto es un claro ejemplo de la manera en la que se comporta el capital trasnacional. Por ello, es importante siempre un Estado fuerte que ponga freno al abuso sistemático y que permita recuperar espacios de soberanía. Las nuevas agendas tienen que poner esta lógica sobre la mesa, no hay peor situación que el anonimato con el que se mueven estos intereses. Necesitamos recuperar la calidad del tiempo de trabajo, pero también del tiempo de esparcimiento. Necesitamos zonas libres del abuso del capital.
Oscar David Rojas Silva*
*Economista (UdeG); maestro y doctor (UNAM) en crítica de la economía política. Académico de la FES Acatlán. Director del Centro de Estudios del Capitalismo Contemporáneo, y comunicador especializado en pensamiento crítico en Radio del Azufre y Academia del Azufre.
