Sinaloa: los grupos políticos en la panza de Morena

Alvaro Aragón Ayala

En Sinaloa, la política se convirtió en un ejercicio de ilusionismo coreográfico. Se habla de “equipos”, de estructuras graníticas y de liderazgos que, con la fatiga del caminante, recorren colonias, saturan salones y se regocijan en la selfie multitudinaria como prueba de vida. Sin embargo, urge el rigor en la mirada: no todo tumulto es equipo, ni toda movilización es dominio del sufragio. En el ecosistema de la Cuarta Transformación, confundir el ruido con las nueces es el error de cálculo que precede al olvido.

Un verdadero equipo político no es una congregación de feligreses digitales ni una suma de improvisaciones bajo el sol. Es una maquinaria de relojería, una ingeniería diseñada para el asedio, el ejercicio y la liturgia del poder. Posee cabeza, estrategia, control del suelo, financiamiento y una retórica que no tartamudea. Es, en esencia, la arquitectura que sobrevive al mitin.

Este ente posee un núcleo compacto —una aristocracia de la eficacia de no más de 12 o 15 perfiles— que decide con la frialdad del dato y no con el arrebato de la víscera. Se nutre de enlaces seccionales, esos cartógrafos del barrio que conocen cada casilla y cada rencor local. Cuenta con un circuito financiero que aceita la marcha y un blindaje jurídico que actúa como un sistema inmunológico ante la impugnación inevitable.

Un equipo real posee, ante todo, capilaridad. Es el que habita el territorio donde el voto se deposita, no donde la cámara hace el encuadre. Es capaz de la proeza logística el día de la jornada, de la defensa legal en la trinchera y de sostener una narrativa que no se desmorone al primer tuit. Sin esto, no hay equipo: hay percepción gaseosa, ruido de café, o una existencia confinada al algoritmo de Facebook.

Hoy, en Sinaloa, proliferan microestructuras de la vanidad: redes de WhatsApp que simulan ejércitos y páginas de Facebook que fabrican una competitividad de cartón piedra. Pero el voto no se captura en la nube; se domestica en la casilla. Y es precisamente ahí, en la geografía del voto real, donde muchos aspirantes resultan ser simples fantasmas digitales.

El problema es de fondo: el sistema político mutó su anatomía. En el pasado, el poder era una construcción de abajo hacia arriba; el cacique regional y el alcalde eran los dispensadores del favor y, por ende, los dueños de la lealtad. Hoy, esa autonomía se evaporó. El eje de gravedad se desplazó hacia una sola dirección: el despacho de Palacio Nacional, con una correa de transmisión que vibra en el Gobierno Estatal.

Bajo el diseño de Andrés Manuel López Obrador, heredado y tecnificado por Claudia Sheinbaum, el intermediario ha muerto. El vínculo entre el ciudadano y el Estado es ahora una línea directa, sin escalas. Los programas sociales y las transferencias masivas despojaron al político local de su rol de “benefactor”. El votante ya no agradece al diputado ni al alcalde; su gratitud, y por lo tanto su voto, tienen un destinatario federal. El político local pasó de ser el dueño de la tienda a ser un simple dependiente de mostrador.

Ahí reside el punto de quiebre. El voto no se rinde ante el evento más fastuoso ni ante el candidato que más kilómetros acumule en el odómetro. Se inclina, por inercia sistémica, hacia quien garantice la continuidad del subsidio y la estabilidad de la economía doméstica. El poder real está en la firma que autoriza el apoyo, y esa firma reside en el centro del país.

Por ello, en Morena, los equipos locales habitan o se mueven en la “panza” del movimiento, pero son accesorios de un sistema que no controlan. Son operadores logísticos, administradores de una inercia que les viene dada. No siembran el voto; lo recogen, lo cuidan y, a veces, simplemente lo contemplan.

En Sinaloa, el tablero se agita con un frenesí que oculta su dependencia. La Senadora Imelda Castro confía en la visibilidad y el acompañamiento de figuras nacionales (Gerardo Fernández Noroña y René Bejarano), intentando tejer con hilos de la Ciudad de México una estructura que, en última instancia, le pertenece a la marca Morena y no a su firma personal. Es la subrogación de la fuerza.

Por su parte, el Senador Enrique Inzunza Cázarez opera desde la institucionalidad absoluta, con una expansión que nace del centro neurálgico del estado. El alcalde de Culiacán, Juan de Dios Gámez, construye su identidad desde la vitrina municipal, aunque su crecimiento político deba sortear los nubarrones de la inseguridad. Otros perfiles, como Graciela Domínguez o Teresa Guerra, se mantienen en la estratósfera del posicionamiento, carentes de esa maquinaria territorial que define las victorias.

El diputado federal Jesús Ibarra Ramos entendió la metamorfosis y ya articuló su equipo. Posee una estructura de comunicación profesionalizada y aplica la clave del equilibrista, alineado a la directriz de Palacio Nacional sin incendiar sus puentes con el Tercer Piso estatal. Con dos diputaciones locales en el morral y la experiencia de haber rozado la candidatura a la alcaldía, hoy apuesta a la “grande” bajo la lógica de la utilidad.

En otra frecuencia, Julio Berdegué Sacristán opera desde la tecnocracia del centro. Su equipo no es de territorio, sino de nodos de poder económico. Teje con gobernadores y organismos internacionales, consolidando una red productiva que sirve al proyecto de Claudia Sheinbaum. No busca el aplauso en la plazuela, sino la eficacia en la macroeconomía, siendo un operador de alta gama dentro del engranaje federal.

Exactamente: el diputado Jesús Ibarra Ramos y otros de su estirpe descifran la nueva gramática: no basta la presencia, se exige alineamiento total. No basta el grupo, se requiere utilidad para el sistema-gobierno. Han comprendido que la decisión no emana de la plaza pública, sino del cálculo de quien garantiza orden, lealtad y, sobre todo, la viabilidad de la continuidad.
Esta es la realidad que la nostalgia del viejo régimen y de algunos morenistas se niegan a aceptar: se pueden llenar estadios y ganar la batalla de los “trending topics”, y aun así ser desechados por el sistema-gobierno. En la 4T, los grupos políticos son inquilinos de una estructura mayor que los contiene, los limita y los utiliza.

Son, en estricto sentido, organismos que habitan en la panza de Morena. Su margen de maniobra es la ilusión del movimiento; pueden nadar o correr en cualquier dirección, siempre y cuando sea la dirección en la que el Leviatán decida desplazarse. Fuera de la marca, sólo queda el frío; dentro de ella, lo que cuenta es la obediencia.

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