SINALOA: EL PRI Y SU OCASO ESTRUCTURAL HACIA 2027
Alvaro Aragón Ayala
En Sinaloa, el Partido Revolucionario Institucional enfrenta una erosión profunda que compromete su viabilidad futura. Entre 2021 y 2024, el instituto político transitó de una hegemonía histórica y una competitividad pragmática en coalición, hacia una marginalidad residual. Hoy, su capacidad de gravitación electoral es, en el análisis más riguroso, meramente hipotética. Esta es una disección clínica de su estructura en ruinas y el vaciamiento sistémico de sus cuadros:
Durante el proceso comicial de 2021, el PRI aún conservaba los vestigios de una identidad electoral cohesionada. Pese a la coalición con el PAN y el PRD, el análisis del voto legislativo permite inferir un capital propio, del PRI, de aproximadamente 255 mil sufragios. Si bien esta cifra resultó insuficiente para retener el Ejecutivo estatal, situó al partido como una segunda fuerza con densidad territorial, sustentada en una red de cuadros municipales, comités seccionales y una clase política con una capacidad de movilización que aún respondía a la disciplina de partido.
No obstante, 2021 representó el epicentro de un colapso. La derrota frente a la hegemonía de Morena fue el inicio de la descomposición orgánica priista. Se activó un proceso de centrifugación donde la disciplina interna cedió ante el pragmatismo de la supervivencia. La deserción de figuras como Jesús Antonio Valdés Palazuelos, y otros dirigentes estatales y de diputados locales –que orbitan ya en la esfera de Morena/4T— es la lectura de una reconfiguración del ecosistema de poder: el PRI dejó de ser el destino final de las aspiraciones políticas y se convirtió en una zona de tránsito y desahogo.
Hacia 2024, el deterioro institucional se tradujo en una aritmética devastadora. En la contienda federal por las diputaciones, el PRI capturó una votación que oscila apenas entre los 120 mil y 160 mil votos. Esta contracción implica la pérdida de casi el 50 por ciento de su base electoral en un solo trienio. Si se analiza, se trata de una erosión irreversible de su voto duro. El partido perdió la facultad de retener, la narrativa para expandirse y, fundamentalmente, la eficacia para movilizar.
La génesis de este desplome es nítida: Morena – y su aliado, el PVEM- ejecutó una absorción funcional del priismo. Mediante una estrategia de cooptación de liderazgos y la asimilación de operadores estratégicos, dejó al PRI en un estado de inanición operativa. En el Congreso local, la crisis se manifestó no solo en la aritmética, sino en la anomia política: la bancada tricolor se desdibujó como contrapeso, mientras sus integrantes se desplazaron, por acción u omisión, hacia el centro del bloque gobernante, fragmentando la unidad y el propósito legislativo.
Paralelamente, el PRI sufrió una necrosis en su estructura de base. Aquella red capilar de movilización —compuesta por operadores rurales y liderazgos intermedios— hoy es un aparato fragmentado, descapitalizado y carente de incentivos de poder. Sin el acceso a la administración pública como motor de patrocinio y sin un liderazgo que ofrezca horizonte, la otrora “maquinaria perfecta” quedó reducida a un esqueleto inoperante, incapaz de articular demandas sociales.
En este vacío de poder emerge la actual cúpula partidista encabezada por César Emiliano Gerardo Lugo, flanqueado por figuras mediáticas como Paloma Sánchez Ramos y Mario Zamora Gastélum. La debilidad de este bloque reside en su vinculación con derrotas precedentes y en su desarraigo territorial. Privilegian la política de exposición mediática y el activismo digital sobre la organización de tierra. Representan una dirigencia de “aire” con reducido impacto en redes sociales y un anclaje casi nulo en la realidad orgánica del estado. Es, en esencia, presencia sin base y discurso sin ejecución.
¿Cuál es el peso real del PRI en el balance de poder actual de Sinaloa? Las proyecciones más conservadoras, ajustadas a la tendencia de degradación 2021–2024, sitúan al PRI en un espectro de 100 mil a 140 mil votos efectivos en un escenario de competencia individual. Este volumen de sufragios condena al partido a la irrelevancia en cualquier esquema de competitividad real, aspirando, en el mejor de los casos, a una cuota electoral de entre el 10 y el 12 por ciento, lo cual resulta insuficiente para disputar el poder político.
Observación Crítica: Incluso este porcentaje podría ser considerado una estimación optimista frente a Morena/gobierno federal que continúa perfeccionando sus mecanismos de control social y territorial.
La prospectiva hacia el proceso sucesorio de 2027 es categórica. De optar por una participación aislada, el PRI enfrentaría un abismo operativo pues perdió capacidad para tener presencia en las casillas y en la promoción del voto. No tiene perfiles con el carisma necesario para romper la polarización actual. Carece de una oferta política diferenciada que logre competir con el discurso de bienestar del oficialismo y no controla a sus antiguos bastiones y organizaciones gremiales.
El desenlace probable es la obtención de una votación mínima que sitúe al partido en el terreno de lo testimonial, convirtiéndose en una franquicia útil únicamente como moneda de cambio para negociaciones de supervivencia dentro de bloques opositores.
El PRI-Sinaloa, entonces, atraviesa por una fase de agotamiento estructural definitivo. Perdió de forma simultánea las tres columnas que sostienen a un partido con vocación de poder: elecciones, dirigentes y estructura. En la ciencia política, el extravío simultáneo de estas variables es la antesala de la extinción funcional. El otrora gigante de la política sinaloense se encamina a ser, simplemente, un resquicio histórico.
