Claudia Sheinbaum se consolida y la oposición se tira por la ventana
Alvaro Aragón Ayala
El actual escenario político registra una separación profunda entre la sustancia del poder y el vacío de la protesta. En tanto la presidenta Claudia Sheinbaum ejecuta una reconfiguración estructural del Estado con una precisión casi quirúrgica, una fracción considerable de la oposición se ha confinado a un ecosistema de polémicas efímeras.
Mientras la jefa del Ejecutivo Federal edifica un nuevo andamiaje institucional-constitucional, firme, sólido, sus detractores se extravían en la periferia de lo irrelevante, consumidos por la fascinación del escándalo viral. Construyen o recrean imaginarios que terminan convirtiéndose en “molinos de viento” a los que pretenden colapsar.
Paradójicamente, el ruido opositor es el combustible que permite al gobierno avanzar con proyectos reales. El episodio de la “mujer en la ventana” en Palacio Nacional —elevado de manera inverosímil a categoría de crisis de Estado— es el síntoma más depurado de la degradación del debate. Al convertir lo irrelevante en eje discursivo, la oposición trivializó su función crítica y abandonó el examen de las reformas que están transformando la fisionomía legal y social del país.
A este extravío se suma una narrativa insistente, elevada ya a categoría de chisme político, que pretende instalar la duda sobre quién ejerce realmente el poder en México: si la presidenta constitucional o una figura externa de Palenque. La especulación —alimentada sin evidencia y reproducida hasta la saturación— no sólo carece de sustento institucional, sino que opera como un distractor de segundo nivel.
Y sí, mientras se discute una ficción de poder dual, la presidenta ejerce plenamente sus facultades, toma decisiones estratégicas y profundiza la construcción de nuevos andamiajes legislativos que reconfiguran el Estado. La paradoja es contundente: en el intento por erosionar su autoridad, se invisibilizan las jugadas de alto calibre, ayudando a la presidenta Claudia Sheinbaum a ejercer el poder a plenitud.
El desplazamiento de los temas de fondo es una capitulación ante la política del espectáculo. Al centrar su energía en las gesticulaciones de Gerardo Fernández Noroña, en la biografía de legisladores vinculados al entretenimiento o en escaramuzas con figuras como Epigmenio Ibarra, el bloque opositor opera en el vacío. Se ignora, deliberadamente o por incapacidad, que el avance real ocurre en los márgenes de los mitotes y en la consolidación de un piso de bienestar irreversible a través de la constitucionalización de programas sociales.
A nivel de alta estrategia, esta asimetría revela una preocupante carencia de inteligencia prospectiva en las filas opositoras. Al quedar atrapados en la “trampa de la reactividad”, los actores políticos de la minoría renunciaron a la construcción de una contrapropuesta de nación, limitándose a ser meros comentaristas. Esta orfandad de contenido permite que la narrativa de la presidenta se perciba como la dominante y como la única con capacidad de ejecución real.
Autores como Edward Bernays o Noam Chomsky advirtieron que el control de la agenda pública no requiere de la censura, sino de la saturación con temas secundarios que apelen a la emoción y a la viralidad. La oposición, al “morder el anzuelo” de lo superfluo, se convierte en el mejor aliado del régimen: mientras la opinión pública se entretiene con la indignación del día, el gobierno cristaliza el rediseño del Infonavit, la desaparición de las pensiones doradas, la absorción de órganos autónomos y la redefinición del control territorial en materia de seguridad.
El resultado es un efecto bumerán contra la oposición de proporciones históricas. La sobreexposición de episodios menores y la construcción de narrativas débiles terminan por vaciar de autoridad el discurso crítico. Al final del día, conviven dos realidades paralelas: el plano estructural, donde Claudia Sheinbaum consolida el poder institucional con un rigor imperturbable, y el plano superficial, donde las dirigencias y los diputados y senadores del PRI y el PAN habitan una narrativa fragmentada y reactiva.
En última instancia, el fortalecimiento de la presidenta se explica por sus aciertos operativos y por el vacío estratégico que su contraparte le obsequia. Mientras la oposición siga confundiendo el “me gusta” con la aprobación social y el escándalo digital con la incidencia política, el proyecto de la Cuarta Transformación continuará operando con un cheque en blanco sobre la estructura del país.
En el ajedrez del poder, el ruido es para los aficionados; el silencio y la reforma son para quienes comprenden que gobernar es, por encima de todo, imponer la realidad sobre la percepción. La operación es un éxito: el gobierno no necesita silenciar a sus críticos; le basta con dejarlos hablar sobre lo irrelevante mientras el Estado transfigura sus cimientos.
La paradoja es evidente toda vez que mientras más ruido genera la oposición, más espacio político se abre para que el proyecto de República de Claudia Sheinbaum avance. Y en política, como en la teoría y en la guerra, eso tiene un nombre preciso: control de la agenda.
