Prueba de humanidad

Jorge Alberto Gudiño Hernández

Llevamos años probándole a robots que no somos robots. Lo hacemos cotidianamente, cuando hacemos un trámite o realizamos un pago en Internet. Ya sea que elijamos imágenes con semáforos o que transcribamos letras escritas de forma rara. Un robot informático nos exige que probemos nuestra humanidad.

Ahora las cosas han ido más lejos, pues las fake news nos obligan a cuestionarnos todo. Desde una declaración insólita hasta una imagen donde los dedos de un personaje se multiplican o con un video creado a partir de la IA. Cada vez es más sencillo engañarnos y, en consecuencia, saber si se es quien se dice ser. De ahí que, con mayor frecuencia, se exija una prueba de humanidad.

Se me ocurren algunos métodos o circunstancias que demuestran que somos humanos. A saber:

Si nos preocupa más lo que pasará con el álbum del Mundial (dada la incertidumbre respecto a la participación iraní) que el enorme conflicto en Medio Oriente y su crisis humanitaria.

Si pasamos dos horas atrapados en un vehículo para recorrer escasos cinco kilómetros.

Si discriminamos a cualquiera por la razón que sea; mirándolos con desprecio o atacándolos ante el menor pretexto.

Si evadimos la ley o la interpretamos a nuestra conveniencia. Ya sea que nos pasemos un alto porque tenemos prisa; que evadamos impuestos porque se los roban o cualquier justificación que encontremos para validar nuestro comportamiento.

Si culpamos a otros de nuestras circunstancias, incapaces de asumir nuestra responsabilidad.

Si hacemos una manifestación que bloquee las principales vías de la ciudad sin importarnos las afectaciones a millones de personas entre las que, sin duda, habrá quien tenga urgencias médicas, familiares o laborales.

Si opinamos con furia sobre temas que desconocemos, sumándonos a las hordas creadas por las cámaras de eco.

Si abandonamos los placeres significativos a cambio de esas pequeñas dosis de dopamina que obtenemos fácilmente a través de las pantallas de nuestros teléfonos.

Si somos incapaces de conmovernos ante el dolor de los otros, por más que nos convencemos de ser empáticos.

Si renegamos de nuestro derecho a informarnos, a participar activamente de la discusión pública, prefiriendo tener bravatas interminables en torno a encuentros deportivos o ficciones simples.

Si asumimos que los objetos valen más que las personas y estamos dispuestos a sacrificar, en consecuencia, el bienestar colectivo y la tranquilidad propia.

Si contribuimos a deteriorar el mundo a sabiendas de que es el único sitio donde tenemos cabida.

Si nos atacamos los unos a los otros atendiendo a ideologías que son ajenas y no entendemos a cabalidad.

Si somos indiferentes ante las condiciones de los desfavorecidos.

Si nos entregamos a nuestros vicios, incapaces de trascender el placer presente y efímero con vistas a un mejor futuro.

Si renunciamos a comprender lo que sucede más allá de nuestro círculo más íntimo pues, ¿para qué enterarnos de lo que sucede lejos o a otros? Nosotros ya tenemos demasiados problemas.

Si nos convencemos de que el bienestar individual es más importante que el colectivo pese a que aprovechemos el progreso civilizatorio.

Si procrastinamos ante lo importante, desde la salud hasta el sentido de la vida, entregándonos al entretenimiento fácil y ligero.

Si no nos conmovemos ante la tragedia, ante el arte, ante la historia y ante la ciencia, pues eso exige compromiso y representa cierta dificultad.

Si claudicamos, cerrando los ojos a lo que nos hace humanos.

La lista podría ser mucho más larga. Cualquier IA competente, pronto aprenderá que lo que nos hace humanos es nuestra reticencia a serlo en plenitud. En cuanto lo aprenda, entonces sí, podrá imitarnos de tal forma que nos volveremos prescindibles.

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