LA MUJER DE ROJO
Novela corta sobre el reino del coprolenguaje. Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia
María Margarita Free del Castillo
Desde un principio no hubo ideas. Hubo ruido, ruido de teclas de computadora golpeadas con furia, insultos lanzados como piedras y una lluvia de palabras viscosas que caían sobre la plaza digital como residuos de un drenaje abierto.
En esa zahurda asquerosa apareció la mujer de rojo. Nadie recordaba cuándo comenzó a vestir así. Algunos decían que era una obsesión antigua: pañuelos rojos, blusas rojas, labios rojos, carpetas rojas, hasta la pantalla del teléfono iluminaba su rostro con un resplandor rojo que le hacía parecer una aparición salida del averno.
El rojo la excitaba. La volvía feroz. Decía que el rojo era el color de la lucha, pero quienes la observaban con distancia sospechaban otra cosa: era el color de la cólera permanente. Vivía conectada a su Facebook como quien habita en un balcón desde el cual arroja cubetas de agua sucia a los transeúntes.
Una noche, convencida de que el mundo conspiraba contra su existencia, decidió enfrentar a los molinos de viento. Pero ya no había molinos. Había universidades, debates, proyectos de reforma, discusiones sobre pensiones, autonomía, administración y futuro institucional.
Nada de eso le interesaba. Lo que la fascinaba era el lodo. En su mente, las discusiones universitarias eran simples pretextos para iniciar la batalla. No atacaba argumentos: atacaba personas.
Así empezó el espectáculo grotesco. Publicaba videos y mensajes donde la razón era sustituida por una artillería de insultos. Las palabras escatológicas -con olor a caca- fluían como un río oscuro.
Era un idioma peculiar. Un idioma donde el argumento era reemplazado por el excremento verbal. Un dialecto nacido de la coprofagia, una lengua en la que cada frase parecía salir de una letrina.
La mujer de rojo no estaba sola. Alrededor de ella comenzó a reunirse una pequeña corte de locos. Personajes que la seguían con fervor extraño: “comentaristas” furiosos, agitadores anónimos, resentidos profesionales y uno que otro desquiciado que encontraba placer en el insulto colectivo.
Era una comunidad peculiar. Un coro de voces delirantes que celebraban cada injuria como si fuese una hazaña intelectual. En ese rincón de internet se creó algo parecido a una porqueriza digital. Ahí no se discutían ideas. Se consumían y arrojaban excrementos.
Quien intentaba introducir un dato era expulsado. Quien pedía evidencia era acusado de traidor. Quien hablaba con calma era devorado. La mujer de rojo se convirtió en la reina de aquel chiquero. Ella misma se proclamó líder. No de una corriente de pensamiento, sino de una insurrección de la bilis.
Con el tiempo ocurrió algo extraño. Los mensajes de la mujer de rojo comenzaron a volverse cada vez más confusos. Una publicación atacaba a alguien. La siguiente atacaba a otro. La tercera atacaba a todos.
Era como si peleara contra enemigos invisibles. La gente empezó a preguntarse qué buscaba realmente. Nadie lograba responder. En el pueblo digital corría un rumor: —La mujer de rojo había empeorado: estaba loca de remate-.
Algunos seguían aplaudiendo. Otros comenzaron a observar con inquietud ya que el espectáculo semejaba un psiquiátrico, retacado de enfermos sin cura. Sus seguidores, sin embargo, bailaban alrededor de sus publicaciones como una tribu hipnotizada. Era una danza de esquizofrenia colectiva.
Con el paso de los meses, su lenguaje descendió más. Las frases ya no eran frases: eran gruñidos. Cada palabra parecía salir del drenaje. La mujer de rojo había desarrollado una habilidad singular: transformar cualquier tema en una explosión de insultos y de caca.
Economía, política, universidad, cultura, todo terminaba convertido en un catálogo de excrementos verbales. La degradación era tal que algunos estudiosos del lenguaje comenzaron a llamarlo coprolenguaje. Un idioma primitivo donde la rabia sustituye a la razón.
Pero para su pequeño ejército aquello era brillantez. Aplaudían. Compartían. Celebraban cada injuria como si fuese una revelación filosófica.
Una noche alguien escribió en un comentario: —Eres nuestra líder -. La mujer de rojo lo creyó. Desde entonces empezó a hablar como una profeta. Publicaba manifiestos delirantes. Acusaba conspiraciones invisibles. Se proclamaba voz de la verdad.
Pero fuera de aquel pequeño manicomio digital la reacción era distinta. La gente comenzaba a mirarla con lástima. No era una líder de opinión. Era una líder de trastornados mentales.
Lo peor ocurrió: la mujer de rojo ya habla sola. Allá, en un edificio gris, en las afueras de la ciudad, cerca del mar, camina por los pasillos peleando sola. Discute con enemigos invisibles. Se enfurece con fantasmas.
Y de vez en cuando pronuncia discursos encendidos frente a una pared. Los enfermeros dicen que siempre habla de lo mismo. De traiciones. De conspiraciones y jubilaciones. De una guerra que sólo existe en su mente. A veces grita. veces ríe. Pero siempre, siempre, viste de rojo.
