Convencer al elector

Jorge Alberto Gudiño Hernández

No me queda claro qué es lo que sucede en mi caso, cuál es el impulso emocional o el proceso racional que me lleva a decantarme por uno u otro candidato a la hora de emitir mi voto. No me queda claro porque ya se han terminado las opciones. Hemos alternado, castigado a quienes nos parecen malos y las alternativas no se presentan nada halagüeñas. No quiero votar por unos por lo mal que nos han gobernado; no quiero votar por los otros, por las mismas razones. La decisión parece dirimirse en las capacidades de mi memoria: ¿corto o largo plazo?

Hay casas blancas y de colores por doquier, escándalos de corrupción a manos llenas en cualquiera de los partidos, acusaciones que harían dimitir al más cínico de los políticos en cualquier otro país. Y, claro está, se replica en todos los partidos. De nuevo, es un asunto de memoria.

Ignoro, pues, mis razones, aunque no dejo de evaluarlas. Tengo la esperanza de que algo de claridad, sensatez o sabiduría me ilumine en los próximos meses. Mientras eso sucede, lo que me queda claro son los motivos que influyen en contra a la hora de definir mi voto.

En primer lugar, la propaganda. Hasta podría operar en el sentido inverso de su intención. A fuerza de saturarme de ella, casi estaría dispuesto a votar por quien hiciera menos ruido, por quien generara menos basura.

En segundo lugar, los discursos huecos. No necesito de la retórica estudiada que unos y otros candidatos prometan lo imposible. Aunque no imagino a un aspirante mostrando su diagnóstico del país y confesando que, la verdad, la verdad, en un sexenio no se va a poder. Supongo que ese tipo de sinceridad no se premia en las urnas, aunque no estaría mal que las promesas fueran objetivas.

En tercer lugar, a quienes se niegan a responder. Detesto las entrevistas en las que, frente a una pregunta incómoda, los candidatos dan rodeos inverosímiles en los que no contestan nada. Son desesperantes. No es asunto de confesar todas las culpas y los errores, pero, por la manera de responder, da la impresión de que son inmaculados e infalibles. Y eso que su pasado está a la vista de todos.

Por último, a quienes engañan. Y ahí caben todos. Los buenos, los malos y los regulares. Los de un partido y los del otro. Engañan porque prometen lo imposible y porque no reconocen sus propios fallos (cuando no delitos). Engañan porque para salir de una situación incómoda acusan a los otros o los hacer parecer peores. Engañan porque, a estas alturas, me queda más que claro que lo que menos tenemos en la política es a nacionalistas preocupados por el bienestar del país; apenas son demagogos que buscan el beneficio propio.

Así que no hay por quién, insisto, al menos a mí no me queda claro. Y no sé si los factores que me disuaden a mí convencen al resto de los electores. Es probable. De lo que estoy cada vez más convencido es de que las elecciones son un asunto de memoria y nada más.

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