Cerrado a las mayorías, el evento principal de la conmemoración

Pedro Miguel

Cincuenta años después se cerraron las grandes alamedas. El acto central en conmemoración del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 no fue una gran concentración popular, sino una reunión que requería de invitación oficial, o bien de un engorroso proceso de identificación y revisión que dejó fuera a la mayor parte de los jirones de pueblo que pretendieron acudir a la firma del manifiesto “Por la democracia siempre”, presentado por el presidente Gabriel Boric y firmado por decenas de jefes de Estado y de gobierno, algunos de ellos en forma presencial, como los presidentes de México, Andrés Manuel López Obrador; Colombia, Gustavo Petro; Bolivia, Luis Arce Catacora; Uruguay, Luis Lacalle Pou, y Portugal, António Costa, así como por los ex mandatarios chilenos Eduardo Frei, Ricardo Lagos, Michelle Bachelet y Sebastián Piñera.

Tal vez fue consecuencia de la malograda movilización de la víspera por los derechos humanos que empezó con la participación del presidente Boric y acabó en refriegas entre carabineros y esos grupos universalmente presentes de encapuchados que provocan violencia en marchas pacíficas. Lo cierto es que, desde dos cuadras antes de las dos plazas que rodean el Palacio de La Moneda, se estableció un férreo cordón de fuerzas del orden y un estacionadero de vehículos diplomáticos.

Mientras se llevaba a cabo el acto oficial, pequeños grupos ciudadanos realizaron, afuera de ese perímetro, performances alusivos a la fecha y homenajes a los detenidos-desaparecidos y asesinados durante el golpe y en los días y años posteriores por el régimen militar. Y no fue sino hasta que terminó la ceremonia bajo una gigantesca carpa en la Plaza de la Constitución que algunos centenares de personas pudieron pasar a un costado de la sede gubernamental para observar los zapatos que llevaba Salvador Allende aquel 11 de septiembre y que ayer fueron exhibidos en la puerta de la calle Morandé 80, por la que hace medio siglo los soldados sacaron su cadáver de La Moneda. Otros pudieron llevar flores al pie de la estatua del presidente mártir, situada a un lado del recinto gubernamental. En esas pequeñas y anónimas reivindicaciones de la memoria predominaban las prendas negras, los rencuentros, los abrazos y las lágrimas.

El acto del manifiesto “Por la democracia siempre” estuvo huérfano de demos, pero para Boric, agobiado por la inmisericorde ofensiva mediática y propagandística de la derecha, representa un invaluable espaldarazo internacional. En ese contexto, un paso sutil, pero significativo, fue la incorporación al discurso oficial de la expresión “golpe civil-militar”. Hasta hace poco, se hablaba sólo de un golpe militar y tácitamente se eximía a la adinerada oligarquía chilena y a los partidos de la derecha de su inmensa parte de responsabilidad en la gestación y consolidación del cuartelazo pinochetista. Otro signo de pequeños avances es que antier Boric se uniera a una marcha ciudadana, un gesto al que no se atrevió ninguno de sus predecesores.

Para una mirada mexicana, habituada a las concentraciones populares masivas y desbordantes a las que López Obrador convoca desde hace dos décadas, la cautelosa y dosificada conmemoración de ayer en Santiago resultaba necesariamente anticlimática. Pero cada sociedad es distinta y aquí las batallas sociales y políticas siguen su propio ritmo. Sin embargo, el día no había terminado y se auguraba que anoche habría enfrentamientos en algunos barrios populares, como suele ocurrir en esta fecha, entre fuerzas del orden y grupos de pobladores que bloquean las calles con llantas incendiadas porque sienten que para ellos la democracia no ha regresado y que al cratos chileno le sigue faltando demos. Ya lo sabremos.

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