En México, la ultraderecha será católica o no será

Bernardo Barranco V.
El ascenso de las ultraderechas en América Latina es patente y preocupante. Estamos ante una ola que gracias a Donald Trump se está convirtiendo en un tsunami. El sistema multilateral se ha transformado hacia una lógica fragmentada de esferas de influencia, competencia tecnológica cruda y una crisis del derecho internacional.
El gobierno estadunidense ha interferido en las elecciones de Argentina, Chile, Perú, Colombia y Honduras. Ideológicamente retoma y recrea una nueva Doctrina Monroe. El documento oficial llamado la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, presentado por la administración de Donald Trump, introduce el denominado Corolario Trump, conocido popularmente en el ámbito político como la Doctrina Donroe (una combinación de Donald y Monroe), que afirma la geopolítica actual: América es para los estadunidenses.
De manera cínica, Trump se ufana diciendo: “Vienen a mí pidiendo ayuda y ganan…” Brasil es un reducto codiciado por el intervencionismo estadunidense y la joya de la corona de la ultraderecha latinoamericana. Por su tamaño e influencia, las próximas elecciones generales brasileñas serán determinantes en este péndulo en beneficio de la derecha radical.
El gobierno de Donald Trump intervino de manera directa y grotesca en el escenario político y electoral de Argentina por medio de fuertes condicionamientos económicos, rescates financieros estratégicos por 20 mil millones de dólares, restringidos a la victoria de Javier Milei en las elecciones intermedias en octubre de 2025.
En el caso de Brasil y México, las condiciones locales son distintas. Trump, con la complicidad de las prensas locales e internacional, trata de camuflar acciones de interferencia electoral con desavenencias diplomáticas. Con Brasil condicionó aranceles por la liberación de Jair Bolsonaro, el ex presidente acusado de golpista, y revocó la visa estadunidense del juez de la Corte Suprema de Brasil Alexandre de Moraes, quien lideró las investigaciones del ex mandatario.
La política estadunidense debe contar con grupos ultraconservadores y líderes locales que se plieguen a sus intereses. El segundo actor determinante es el apoyo de grupos religiosos, principalmente católicos, pentecostales y neopetencostales. Los católicos tienen la dificultad de que los más recientes dos papas no comulgan con las posturas de ultraderecha. Basta recordar cómo León XIV tomó distancia, en su gira reciente por España, de los postulados enarbolados por Vox, partido católico ultraderechista español.
Como dice el famoso dicho: si ves las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar. ¿En México podrá prosperar una corriente ideológica de ultraderecha y por la vía electoral encaramarse en el poder?
Hace años escribí un artículo titulado “Cuando la ultraderecha nos alcance”. Muchos analistas y políticos desdeñan la opción de la ultraderecha. Así pensaron en España, y de pronto casi de la nada surge Vox, que sorprendió electoralmente a todos. En Argentina también hubo sobresalto ante el hartazgo por la clase política peronista; Javier Milei salió de la nada, o más bien de la televisión, con su motosierra y cambió totalmente las coordenadas políticas argentinas.
En nuestro país, dos cabezas visibles de la ultraderecha son el converso Eduardo Verástegui y el pentecostal Hugo Eric Flores, ambos contendientes fallidos como candidatos independientes para la Presidencia de la República en la pasada contienda al no recibir el apoyo ciudadano requerido. Verástegui encarna un tipo de catolicismo social intransigente. Vinculado a los Legionarios de Cristo y apadrinado por Donald Trump, en uno de sus videos exalta: “Yo sueño un México que le permita a Dios ser la médula de nuestra nación”.
Exhibe una visión revanchista y medieval de la historia. Verástegui se hace eco de una concepción teocrática en que Dios se vuelve la médula en la política pública. Por su parte, Hugo Eric Flores, un camaleón político, por diferentes vías coincide en la preponderancia de la ética religiosa sobre la vida pública. Pretende imponer valores religiosos pentecostales conservadores en la agenda.
Observo tres grandes ramas de la ultraderecha en México:
a) La ultraderecha católica: si bien tiene sus raíces en el siglo XIX, sus sociedades semisecretas conocidas como el Yunque, MURO, GUÍA y los grupos ProVida son hijas de la guerra fría. Busca instaurar un orden socialcristiano, de corte teocrático. Dicha ultraderecha católica es depositaria del radical pensamiento cristero, rabiosamente anticomunista, misógino, antimasónico, antijudío y antiprotestante. Tienen una ideología antiderechos.
b) Ultraderecha empresarial: grupos de poder económico han visto perder sus privilegios bajo la 4T. El modus operandi para hacer negocios y dinero a costa del erario ha cambiado. En su momento lo encabezó Gilberto Lozano, empleado del Grupo Monterrey. Utilizan lo religioso a conveniencia, como el ícono guadalupano, y pretenden aglutinar a grupos sociales del catolicismo conservador. No sólo son los grandes empresarios, hay sectas como el grupo Nxivm, que consagran las empresas como el nuevo lugar sagrado. Ahí Keith Raniere esclavizó sexualmente a mujeres, ejerciendo el abuso de la masculinidad sagrada.
c) La ultraderecha evangélica fundamentalista: grupos pentecostales y neopentecostales conservadores han poblado el horizonte religioso en las décadas recientes. Buscan la sanación de la vida pública con base en los designios de Dios sobre la clase política corrupta. Protegen la familia patriarcal y rechazan las conquistas de las mujeres y los derechos de las minorías sexuales. Pugnan por una teología de la prosperidad. El ascenso pentecostal de los sectores evangélicos conservadores y las alianzas interreligiosas son un vector apenas estudiado en América Latina. El fortalecimiento de las iglesias evangélicas refleja la crisis de la Iglesia católica. Hugo Eric Flores, con su tercer intento partidario Paz, es su expresión política.
