Culiacán 2027: Donde arde la tierra, emerge Víctor Rubén Guzmán Dagnino
Alvaro Aragón Ayala
En este Culiacán de ahora, donde el aire pesa como si estuviera cargado de plomo y el sol no calienta sino que calcina los ánimos, el nombre de Víctor Rubén Guzmán Dagnino empezó a sonar como suena el agua en las tierras secas: con una urgencia que no admite esperas. Aquí la tierra ya no solo da maíz, tomate o chile; da miedo. Las calles son cicatrices abiertas y el horizonte se volvió fantasmal, plagado de ausencias. Pensando en este municipio donde la gente se encierra antes de que caiga la noche para no ver las sombras, el poder, allá en el centro, decidió mover sus piezas, buscando a alguien que entienda que, antes de gobernar, hay que saber pisar.
Cierto. La ciudad mutó en un mapa de puros pedazos. Negocios con las cortinas caídas como párpados de muerto y caminos que ya nadie recorre por puro espanto. Y dicen que desde Palacio Nacional, ahí donde los techos son altos y el eco no alcanza a oír los balazos de acá, se cocina un viraje. La nueva consigna de la dirigencia de Morena, esa que ahora lleva el mando de Ariadna Montiel, no quiere más políticos de saliva y aplauso. Quiere gente que sepa de qué está hecho el suelo, porque en Culiacán la tierra está hundiéndose.
Es ahí donde encaja la figura de Víctor Rubén Guzmán Dagnino, actual Director General del Instituto Nacional del Suelo Sustentable. No es hombre de discursos al viento, sino de planos y de leyes que muerden la realidad. Dicen los que saben que su perfil —ese de ser Arquitecto y Abogado a la vez, egresado de la UAS— es lo que necesita la capital de Sinaloa para dejar de ser una disputa y convertirse en un derecho. Ya Guzmán Dagnino conoce la maña de la tierra: sabe de Derecho Agrario, de Geodesia y de esa ciencia de medir los pasos para que nadie se robe el sitio del otro.
Su actual cargo es una herramienta de justicia en un lugar donde la justicia se olvidó de caminar. Como titular del INSUS, este organismo de la SEDATU, su tarea es darle certidumbre a los que no tienen nada más que el polvo donde viven. Ha andado, pues, por los desiertos de Ciudad Juárez y por las orillas de este mismo Culiacán, entregando escrituras donde antes sólo había promesas rotas. Ese es el perfil que se busca para el 2027: alguien que no venga a incendiar más el fuego, sino a poner orden en medio del desmadre.
La estrategia que se rumora en los pasillos de poder es la del “suelo servido”. Se trata de ganar la elección y de evitar que la ciudad se deshaga. Guzmán Dagnino trae esa experiencia regional, la de haber sido delegado y conocer las venas abiertas de las colonias populares. Su formación en Políticas Públicas le da la frialdad técnica que se requiere cuando el miedo nubla el juicio de todos los demás. Es un técnico con corazón de territorio, una mezcla que en estos tiempos de guerra parece ser la única medicina.
Sí. Culiacán sigue aquí, agazapada, esperando a ver quién es el valiente que se atreve a redibujar sus fronteras. Y si, mientras los políticos de siempre se queman en su propia hoguera de vanidades, este hombre de números y leyes avanza sin hacer ruido. El proyecto para 2027 no busca héroes de estatua, sino operadores que sepan que, para que haya paz, primero tiene que haber lugar donde pararse. Y en ese tablero de ceniza, Víctor Rubén Guzmán Dagnino parece una de las piezas que no se quema.
