UAS: El Doctorado Honoris Causa
La Universidad se erige como el último baluarte donde la verdad no se plebiscita ni se somete al arbitrio del griterío callejero. El otorgamiento del Doctorado Honoris Causa es la máxima epifanía de la potestad soberana de una casa de estudios. Es el ejercicio pleno de una autonomía que no pide permiso para reconocer la excelencia, pues su legitimidad emana de la ley y se consagra en el rigor científico
Alvaro Aragón Ayala
Defender el Honoris Causa es salvaguardar la esencia misma de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Quienes pretenden reducir esta distinción a una concesión discrecional incurren en una falacia categorial imperdonable. La institución no premia coyunturas; valida trayectorias que han resistido el tamiz del tiempo y la revisión de pares. La estatura ética de la Casa Rosalina se manifiesta precisamente en su capacidad de discernir el oro del saber frente al lodo de la política efímera. Subordinar el reconocimiento del talento a las turbulencias administrativas o a los climas mediáticos sería abdicar de la misión histórica. La Universidad es un ente atemporal; sus decisiones académicas poseen una ontología propia que las sitúa por encima de cualquier asedio presupuestal o jurídico.
Resulta patético observar cómo ciertos sectores que alguna vez transitaron por las aulas intentan hoy, desde el exilio de su propia irrelevancia, dictar la línea de acción institucional. Esos adalides del insulto y la sospecha demuestran una preocupante baja calidad moral al intentar imponer un modelo gerontocrático y caduco, donde la sinrazón pretende sustituir al estatuto. Es una vergüenza intelectual que quienes blasonan de una supuesta superioridad ética busquen que la Universidad se convierta en rehén de una “línea senil” que solo destila resentimiento. Intentar que las decisiones de una institución vibrante y autónoma se tomen desde el rincón de la frustración externa es un ataque directo a la inteligencia colectiva. La autonomía no es un concepto elástico que se dobla ante el grito de la calle; es una coraza granítica contra la barbarie del prejuicio.
La gestión universitaria ha demostrado que, en momentos de asedio, la respuesta más contundente es la normalidad académica. Mientras el exterior se pierde en el estrépito de la descalificación, la Universidad reafirma su soberanía otorgando distinciones que honran a la ciencia y al pensamiento universal. Aquellos que confunden el contexto biográfico con la causalidad del mérito solo revelan su propia miopía analítica. El saber no tiene parientes, tiene resultados; la excelencia no tiene partido, tiene impacto. Por ello, este acto de investidura es un testimonio de resiliencia institucional: una negativa rotunda a ser el patio de los juegos de odio de quienes, atrapados en el pasado, pretenden hipotecar el futuro de la razón.
Frente a la virulencia de quienes han sustituido el debate de ideas por la diatriba estéril, la Universidad opone el blindaje de su normativa. Es inadmisible que personajes cuya única credencial actual es la nostalgia de un poder perdido, pretendan arrogarse la facultad de calificar actos académicos de este calado. Esta embestida no es una crítica legítima; es una patología política que busca castrar la libertad de cátedra y de reconocimiento. La institución no puede, ni debe, descender al fango de la discusión tabernaria; su respuesta es el estrado, el protocolo y la validación de la ciencia. La estatura moral de la Universidad se agiganta precisamente cuando ignora el ruido de las facciones para enfocarse en el silencio laborioso de la investigación y la cultura.
Es imperativo entender que el otorgamiento de un Doctorado Honoris Causa es un acto de soberanía intelectual que no admite tutelajes. Los intentos de “marcar línea” desde fuera son simples manoteos de una gerontocracia que se niega a aceptar que la Universidad ha evolucionado más allá de sus dogmas. Mientras la crítica externa se desvanece en la inconsistencia de sus propios insultos, la Casa Rosalina permanece incólume, honrando a quienes han dedicado su vida a expandir las fronteras del conocimiento. Quienes apuestan por la parálisis institucional se topan con una realidad innegable: la vida universitaria es un río caudaloso que no se detiene ante la amargura de quienes, habiendo sido parte de ella, hoy únicamente saben escupir hacia arriba.
