Democracias sin democracia

De acuerdo con el Democracy Report 2026 del V-Dem Institute,el nivel de democracia para el ciudadano promedio ha regresado a niveles de 1978.

Laura Rojas

Durante décadas asumimos que la democracia avanzaba de forma casi inevitable. Hoy la evidencia apunta en sentido contrario. El Democracy Report 2026 del V-Dem Institute documenta que el nivel de democracia para el ciudadano promedio ha regresado a niveles de 1978, borrando gran parte de los avances logrados desde la tercera ola de democratización iniciada en 1974.  

Conviene empezar por lo básico. La democracia, en su definición mínima, implica elecciones librescompetitivas y periódicassufragio universal libertades fundamentales como expresiónasociación y acceso a información. En su versión liberal, además, requiere contrapesos efectivos al poder: independencia judicialcontrol legislativo y Estado de derecho. La autocracia, en contraste, se caracteriza por la ausencia o distorsión de estos elementos: elecciones sin competencia realconcentración del poder restricciones sistemáticas a derechos y libertades.  

El dato central del informe es contundente: hoy hay más autocracias que democracias en el mundo, 92 frente a 87, y el 74% de la población global —alrededor de seis mil millones de personas— vive bajo regímenes no democráticos. Solo el 7% habita en democracias liberales.  

México no es ajeno a esta tendencia. De acuerdo con V-Dem, se ubica como una autocracia electoral en zona gris. Esto significa que mantiene elecciones formales, pero con debilidades crecientes en libertades, equidad de la competencia y controles institucionales. El propio informe advierte que el deterioro reciente en América Latina —particularmente en MéxicoArgentina y Perú— está revirtiendo avances previos en la región.  

La pregunta clave es por qué está ocurriendo este retroceso. El propio V-Dem identifica que ya no se trata de rupturas abruptas, sino de procesos graduales desde dentro del sistema. Gobiernos electos que, una vez en el poder, erosionan los contrapesos, restringen la crítica y concentran facultades. La censura —directa o indirecta— y la presión sobre la sociedad civil se han convertido en herramientas centrales: la libertad de expresión se deteriora en 44 países y la represión de organizaciones civiles se ha generalizado.  

A esto se suman factores estructurales que la literatura ha documentado con claridad. La polarización política extrema debilita los consensos básicos y convierte al adversario en enemigo. El desencanto ciudadano, alimentado por desigualdad, bajo crecimiento y crisis recurrentes, erosiona la legitimidad de la democracia representativa. Y el cambio en el equilibrio global —con el ascenso de potencias no democráticas— reduce los incentivos internacionales para preservar estándares democráticos.

También hay críticas de fondo a la democracia misma. Su lentitud para procesar decisiones, la captura de instituciones por élites y la incapacidad para traducir representación en resultados tangibles han generado una brecha entre expectativas ciudadanas y desempeño gubernamental. Esa brecha es el terreno fértil sobre el que prosperan alternativas que prometen eficacia a costa de libertades.

El riesgo no es solo la expansión de regímenes autoritarios, sino algo más sutil: democracias que conservan las formas, pero pierden el contenido. Elecciones sin equidad, instituciones sin autonomía, derechos sin garantía efectiva.

La expectativa, sin embargo, no es lineal. El propio informe muestra que los procesos de democratización siguen siendo posibles y que, cuando se inician, tienen tasas de éxito relevantes. Pero también advierte que son frágiles.

La disputa central de nuestro tiempo no es entre democracia y autocracia como categorías opuestas, sino sobre la calidad y viabilidad de la democracia misma. Su futuro dependerá de su capacidad para corregir sus fallas internas, reconstruir legitimidad y demostrar que sigue siendo el mejor mecanismo para canalizar el poder en beneficio de la sociedad.

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