“Pagar no es ser padre”: madres impulsan ley contra paternidad ausente
Leslye Gómez
Durante ocho años, Damián no ha convivido con su padre. No lo recuerda, no lo nombra, no lo espera. Aun así, ese hombre ausente conserva un poder decisivo sobre su futuro: puede impedir que viaje, que obtenga un pasaporte, incluso que acceda a tratamientos médicos.
La madre de Damián, Ixchel Ortiz Vidal que forma parte del Colectivo Justicia para Madres e Infancias decidió convertir todo su largo proceso en una iniciativa de ley que entregó al Congreso del estado de Veracruz.
La llamada Ley de Cuidado Integral y Presencia Afectiva, conocida como Ley Damián, fue presentada con la premisa de que pagar pensión no es ejercer la paternidad. Y sostener económicamente a un hijo no puede ser el único criterio para conservar la patria potestad cuando existe abandono afectivo y ausencia total en la crianza.
Ixchel no habla desde la teoría. Habla desde un expediente judicial que lleva casi una década abierto y desde una maternidad atravesada por el abandono.
Un embarazo de alto riesgo, tres amenazas de aborto y una ausencia temprana
Ixchel se enteró de su embarazo cuando ya tenía dos meses. Desde entonces, pasó por tres amenazas de aborto y un proceso gestacional de alto riesgo en medio de violencia familiar, descalificaciones y dudas sembradas por la familia del padre de su hijo. “Era sobrevivir o pelear”, recuerda. Eligió sobrevivir.
Damián nació por cesárea. En el posparto —una etapa ya de por sí crítica para la salud física y emocional de las mujeres—, Ixchel crió sola, sostenida únicamente por redes de apoyo femeninas: su madre, otras mujeres, una tribu que cuidó al niño y a ella.
El padre apareció de forma intermitente. Primero cada quince días, luego cada mes, después cada dos meses. Al cumplir Damián un año, desapareció por completo.
La “paternidad de billetera” que protege la ley
Cuando Ixchel se sintió emocional y físicamente capaz, demandó el divorcio y la pensión alimenticia. También pidió que se fijaran convivencias, no por el padre, sino por el derecho de su hijo a conocerlo. Las convivencias nunca ocurrieron.
El padre contestó la demanda, luego se desistió. No volvió a presentarse a audiencias, incluso cuando un juez citó a una audiencia de menores en plena pandemia. Aun así, la ley lo siguió protegiendo.
Durante años, la única constante fue el expediente y la pensión: primero descontada vía nómina cuando trabajaba en la Comisión Federal de Electricidad; después irregular, en depósitos estratégicos hechos justo antes de que se cumplieran los 90 días necesarios para denunciar incumplimiento.
“No importa que no lo vea, que no lo conozca, que no pregunte por él. Mientras pague, la patria potestad no se pierde”, le repitieron abogados y funcionarios.
Ese es el núcleo del problema que la Ley Damián busca corregir: el sistema jurídico mexicano privilegia la paternidad económica sobre el cuidado real, permitiendo que padres ausentes mantengan derechos de decisión sobre infancias a las que no acompañan, no cuidan y no aman.
El día que el abandono se volvió interrogatorio
Cuando Damián tenía cinco años, fue sometido a una audiencia de menores. Pasó una hora solo, en un juzgado, respondiendo preguntas de adultos desconocidos: si conocía a su papá, si sabía que sus padres estaban casados, si su mamá tenía pareja, con quién vivía su abuela.
“Fue devastador”, dice Ixchel. “Él no tenía vínculo, pero el sistema insistía en construir uno que no existía”.
Después de eso, el padre volvió a desistirse. Nunca hubo convivencias. Nunca hubo llamadas. Nunca hubo interés.
Pero el derecho de veto permaneció intacto.
El momento de quiebre: el pasaporte negado
El detonante llegó cuando el hermano de Ixchel, una de las figuras paternas afectivas de Damián, se mudó a otro país. Para tramitar el pasaporte del niño, necesitaba la firma del padre ausente.
La respuesta fue un no.
“No puede ser posible que una persona que mi hijo no conoce tenga el poder de impedirle salir del país”, pensó Ixchel. Investigó y descubrió algo aún más grave: en ciertos casos, también se requiere autorización del padre para cirugías, transfusiones o becas internacionales. El abandono no solo es emocional. Es institucional”, concluyó.

La ley que nace del vacío
La Ley de Cuidado Integral y Presencia Afectiva propone reformas al Código Civil, Código Penal, Ley de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes y Ley de Víctimas del estado de Veracruz. Su eje central es claro: reconocer el abandono afectivo injustificado como una forma de violencia y como causal autónoma de pérdida de la patria potestad, incluso cuando exista pago de pensión alimenticia.
La iniciativa no elimina la obligación económica: la pensión se mantiene. Lo que se pierde es el poder de decidir sobre la vida de una infancia a la que se abandonó.
Además, busca garantizar la autonomía de quien sí cría, cuida y acompaña, evitando que madres cuidadoras tengan que iniciar procesos judiciales interminables para cada trámite esencial.
No es contra los padres: es a favor de las infancias
Ixchel lo subraya: la ley no está hecha “contra los hombres” ni exclusiva para mujeres. Aplica para cualquier persona que ejerza abandono afectivo. “Si una madre abandona, también tendría que perder la patria potestad”, afirma.
La iniciativa se inscribe en criterios ya existentes de la Suprema Corte sobre el interés superior de la niñez, pero va un paso más allá: nombra una violencia que el sistema se ha negado a reconocer.
“El abandono afectivo deja marcas que llegan hasta la adultez”, dice. “No es neutro. No es menor. Y no puede seguir siendo invisible”.
Una ley escrita con lágrimas
Ixchel redactó la iniciativa sola. Cada página, dice, le costó lágrimas. La presentó en Veracruz y ahora impulsa una campaña para sumar a otras madres —y padres— que vivan situaciones similares. El siguiente paso serán las mesas de trabajo legislativas.
“Si a mí me pasa algo, ¿qué pasa con mi hijo?”, se pregunta. Esa pregunta atraviesa toda la propuesta.
La Ley Damián no busca obligar a nadie a amar. Busca algo más básico y más justo: impedir que quien no cuida siga decidiendo.
