El sistema político mexicano, atrapado en la violencia extrema y la corrupción

José Reveles

En la historia reciente del país no hay duda de la protección oficial organizada que no solo consintió sino que incluso auspició el avance de la criminalidad. Existen constancias abundantes, que en estas páginas se describirán, de una gran corrupción propiciada por las autoridades como un esquema idealmente diseñado para el funcionamiento de narcogobiernos sexenales. En ese estado anómalo, permitido como algo normal, se dio un salto al vacío desde una cotidianeidad desprovista de contenidos que nutrieran la existencia misma y hoy podemos asomarnos, con estupor, a un México que fue atrapado en una situación aún más desastrosa, si esto fuera posible: la necropolítica, tal y como la concibió y definió el filósofo camerunés Achille Mbembe.

Este experto africano explicó de manera cruda ese fenómeno en una conferencia que impartió en México. Hay contextos políticos, concluía, en los que el estado de excepción “se ha vuelto normal en muchos lugares del mundo” La genealogía de estas emergencias no proviene, como algunos piensan, de los atentados del 9/11 cuando el mundo vio estupefacto, repetido al infinito en las pantallas, el ataque aéreo a las Torres Gemelas, sino que se ha venido gestando de más atrás, desde que se ejerce, por parte de los gobiernos y los sistemas políticos, una instrumentalización generalizada de la existencia humana y, consecuentemente, puede consentirse la destrucción material de los cuerpos y de las poblaciones que ya fueron juzgadas como “desechables y superfluas”.

Son contextos en los que los gobiernos deciden apelar de manera continua a la emergencia, a una noción ficcionada o fantasmagórica del enemigo, a la necesidad de “un trabajo de muerte” para conservar el poder. Es así como Achille Mbembe descubre y describe la necropolítica.

Achille Mbembe. Historiador. Foto: Facebook  

En la lógica de la necropolítica es permisible para los gobiernos analizar y decidir quién muere y quién vive. Mbembe ha logrado desarrollar esta herramienta teórico-conceptual que ayuda a reflexionar sobre una realidad que ocurre en cada vez más ambientes de expulsión psicosocial, de exclusión del otro, de crecimiento incesante de la “población desecho”, convertida en paria por decreto en contextos de normalización de la guerra, de no-humanidad, donde la vida se cosifica hasta perder su presente y su futuro.

La violencia extrema, propiciada o permitida desde el Estado, genera espacios donde la muerte se diluye en la vida y la vida desaparece ante la imposibilidad de los individuos de ser, de crear, de ejercer la solidaridad, sometidos como están a estados de excepción y a máquinas de guerra. El concepto necropolítica quiere decir política con trabajo de muerte, orientación e inmersión de la vida para la producción masiva de la desechabilidad humana mientras se busca la construcción pública del enemigo, esquema que a su vez permite dar muerte a los simples sospechosos de serlo.

Se administra la muerte en nombre de un hipotético supremo bien civilizatorio: “la razón hace morir a muchos en el altar de la civilización, en la defensa de la democracia y del orden establecido”. En la necropolítica es posible considerar que la muerte de esos muchos es “condición necesaria” para sostener y nutrir un movimiento constante y progresivo de las sociedades hacia un fin civilizatorio.

La necropolítica ha conseguido transformar a los seres humanos en una mercancía intercambiable o desechable según dicten los mercados. Hay una nueva manera de entender la realidad en la que la vida pierde toda su densidad y se convierte “en una mera moneda de cambio para unos poderes oscuros, difusos y sin escrúpulos”.

El análisis de Mbembe es aplicable al conjunto del llamado tercer mundo, pero es extensivo al “cuarto mundo”, es decir: a aquella población perteneciente al conocido como primer mundo que, sin embargo, vive en un estado de absoluta precariedad; parias que no han sido expulsados de la sociedad del bienestar sino que ocupan los márgenes de esta; “seres invisibles que habitan no lugares (la calle, los aeropuertos, las estaciones de tren, los hospicios, los bajopuentes) y se hallan en manos del necropoder”.

Inspirada en un principio en la obra de Michel Foucault, la teoría de la necropolítica de Mbembe define la soberanía como “el poder de dar vida o muerte” del que disponen los gobiernos. “Un poder difuso, y no siempre exclusivamente estatal, inserta la economía de la muerte en sus relaciones de producción y poder” y la autoridad, de facto, se arroga el derecho a decidir sobre la vida de los gobernados. Si durante la época colonial, por ejemplo en África, la violencia era un medio para lograr la rentabilidad, hoy en la necropolítica, la violencia es un fin en sí mismo. Hay cada vez más regímenes políticos actuales que obedecen al esquema de “hacer morir y dejar vivir”, en una cosificación del ser humano propia del capitalismo, donde el cuerpo es una mercancía más, susceptible de ser desechada.

De la ciudad del colonizado se pasó a la comunidad del marginado: “es como una ciudad hambrienta de pan, de carne, de zapatos, de carbón, de luz; es una ciudad agachada, una ciudad de rodillas, una ciudad revolcada en el fango”. Sobre esas ruinas se instala luego una anómala soberanía que se apropia de la capacidad para decidir quién tiene importancia y quién no la tiene, “quién está desprovisto de valor y puede ser fácilmente sustituible y quién no”. Hay un discurso apoyado en la idea de que el Estado tiene un derecho divino sobre la existencia.

Por su parte, desde una visión mexicana, cuando analiza ese mismo tema la maestra Helena Chávez Mac Gregor ubica esta corriente de pensamiento como una categoría fundamental para hacer una crítica de políticas recientes devastadoras que nos obligan como sociedad a colocarnos más allá del miedo, del terror y del estupor que han provocado formas específicas de esta violencia (fosas clandestinas con entierros masivos, cuerpos colgantes, masacres, feminicidios, desaparecidos, violaciones extremas a todos los derechos humanos) que trastocan las significaciones de la vida tal y como la habíamos concebido durante décadas e incluso durante centurias.

En un texto publicado en Errancia, Litorales, de la ENEP Iztacala, de la UNAM, la maestra mexicana Chávez Mac Gregor sugiere, a partir de los hallazgos de Achille Mbembe, que las sociedades deben proponerse hacer un trabajo profundo y cotidiano de contención que les permita “fisurar, quebrar y desbordar la lógica de muerte”; idear una forma de convivencia que dé lugar a otras políticas; a cobrar fuerzas y buscar resistencias desde el arte; oponer acciones directas y la toma de los espacios para poder ser otra cosa que “puro desecho, abandono y muerte”.

“Quebrar la lógica de la muerte”. Foto: Margarito Pérez Retana.

La necropolítica, en su opinión, es una categoría que nos permite problematizar la fundamentación de la política contemporánea desde los modos en que se han entrelazado, por un lado, violencia y derecho y, por el otro, excepción y soberanía. Este debate está presente en toda la filosofía política moderna, pero lo interesante aquí es cómo Mbembe inserta una nueva interpretación, desde la crítica histórica y social, para desnudar un discurso apologético contemporáneo que se dedica a encontrar en la guerra, en el enemigo y en el terror “la justificación de la excepción”.

Se impone plantear, más allá del estupor y el efecto que la guerra y el terror generan, una necesaria crítica a la violencia per se. Porque ya no solo se quiere imponer una visión neocolonialista del Estado, sino que hay una máquina de guerra que el capitalismo impone y en la que se afianza para poder mantener la explotación de los recursos y el control de las poblaciones, insiste Mbembe.

En el caso de México, en específico, es evidente que las condiciones de violencia se han complejizado en los últimos años de manera vertiginosa, sostiene la profesora Chávez Mac Gregor en su análisis. Ha habido un claro fallo del Estado (corrupción, mala administración, imposibilidad de transición partidaria ordenada, nepotismo, neoliberalismo y monopolios cada vez más feroces), todo ello mezclado con la proliferación de grupos narcotraficantes (desde los años ochenta del siglo pasado existen grupos importantes, pero a la vez el Estado ha ido perdiendo poder sobre ellos y estos se multiplican y se ramifican), los cuales han determinado condiciones muy deplorables, en donde la política en algunas zonas del país se acerca cada vez más a una mera administración de la guerra para un trabajo de muerte.

En este contexto no se puede menospreciar lo que genera ese lugar privilegiado que la política le asigna al narcotráfico y a la delincuencia organizada, aunado a un discurso oficial que durante años se activó sobre el “enemigo” para justificar y legitimar formas de control y represión del Estado en todas las áreas de la vida social.

La máquina de guerra se ha caracterizado por tener una organización difusa y polimorfa: “Sin duda, la guerra y el terror, en medio de los cuales es difícil diferenciar los cuerpos militares y los policiales de los grupos de narcotraficantes, de los paramilitares o hasta de los grupos de autodefensas, son el campo más fructífero para legitimar el estado de excepción, para establecer el derecho de matar. Y el escenario donde la población más vulnerable es aquella que no posee las armas”.

Hay países en donde las poblaciones, en tanto que categoría política, terminan por ser disgregadas entre rebeldes, niños-soldado, víctimas, refugiados, desaparecidos, “civiles convertidos en discapacitados por las mutilaciones sufridas o simplemente masacrados siguiendo el modelo de los sacrificios antiguos, mientras que los ‘supervivientes’, tras el horror del éxodo (los migrantes y los desplazados), son encerrados en campos y zonas de excepción”.

Por su parte, la experta española Clara Valverde, autora del libro De la necropolítica neoliberal a la empatía radical, concluye que el concepto de la necropolítica que desarrolló Achille Mbembe “es la política basada en la idea de que, para el poder, unas vidas tienen valor y otras no”; y ya no es tanto matar a los que no sirven al poder, “sino dejarles morir; crear políticas en las que se van muriendo”.

Estos seres que no son rentables para el poder ni para implementar sus políticas finalmente son excluidos: son los que no producen ni consumen, los que de alguna manera, sin querer y sin saberlo en la mayoría de los casos sino solo existiendo, “ponen en evidencia la crueldad del neoliberalismo y sus desigualdades”.

Todas las vidas son objeto de cálculo para los poderosos en el neoliberalismo. “Los que son rentables y los que consumen, esos tienen derecho a vivir bajo el neoliberalismo si siguen ciertas leyes y tienen ciertas actitudes favorables a los poderosos. O son vistos, por lo menos, como los que no cuestionan al capitalismo neoliberal y a sus políticas mortíferas”.

En entrevista con el Diario.es de España, Clara Valverde recordó cómo la expresidenta del Fondo Monetario Internacional (FMI), Cristina Lagarde (hoy presidenta del Banco Central Europeo), en una ocasión deploró en voz alta que la gente a lo mejor ahora vive demasiado tiempo y alertó a los gobiernos para tener cuidado con esa amenaza. “Y eso parece que le está creando problemas al FMI. En vez de alegrarse de que la esperanza de vida en algunos países ha aumentado, el FMI no está contento de que vivamos más años”.

Indisolublemente ligado a la necropolítica, hay otro fenómeno al que Mbembe denomina gobierno privado indirecto y que se ha convertido en un movimiento histórico de las élites que pretende, en última instancia, abolir lo político; “destruir todo espacio y todo recurso simbólico y material donde sea posible pensar e imaginar qué hacer con el vínculo que nos une a los otros y a las generaciones que vienen después”. Es decir, en la práctica quedan abolidos la solidaridad, el gobierno para todos, la atención a los marginados, las oportunidades para los niños y jóvenes.

Homicidios cotidianos. Foto: Bernardino Hernández.

Para este propósito se impulsan lógicas de aislamiento, separación entre los países, las clases y los individuos entre sí. Al mismo tiempo se desarrollan concentraciones absurdas de capital hacia zonas que escapen a todo control democrático, a la expatriación de riquezas y capitales a paraísos fiscales desregulados (caso de los capitales mexicanos en Banca Andorra, en los Panama Papers, como ejemplos fehacientes). Si se puede sumar, además, el poder militar para asegurar el éxito de estas políticas depredadoras, tanto mejor, pues la protección de la propiedad privada y la militarización se vuelven correlativas y al final vienen a ser dos caras del mismo fenómeno depredador.

Por lo menos desde 1970 el capitalismo ha sufrido una transformación que propicia cada vez más la presencia de un Estado privado en sustitución o como superestructura de los gobiernos, en donde el poder público (en el sentido clásico de que no pertenece a nadie porque es de todos) ha sido progresivamente secuestrado para el beneficio de poderes privados, sostiene Achille Mbembe.

“Hoy resulta posible comprar un Estado sin que haya gran escándalo”. Estados Unidos es un buen ejemplo: las leyes se compran inyectando capitales en el mecanismo legislativo, los puestos en el Congreso se venden. Esa legitimación de la corrupción al interior de los Estados occidentales vacía de sentido al Estado de derecho y legitima el crimen al interior mismo de las instituciones. Ya no hablamos de corrupción como una enfermedad del Estado: “La corrupción es el Estado mismo y, en ese sentido, ya no hay un afuera de la ley”.

En conclusión, dentro del necropoder “el deterioro del Estado de derecho es tal que produce, en definitiva, políticas exclusivamente depredadoras que invalidan toda distinción entre el crimen y las instituciones”.

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