PAOLA GÁRATE Y LA RETÓRICA DEL VACÍO

Alvaro Aragón Ayala

En el teatro de la política existe un fenómeno tan fascinante como estéril: la estridencia que no resuena. Es una anomalía comunicativa donde el volumen del discurso es inversamente proporcional a su capacidad de transformación real. Este es el laberinto semántico en el que parece habitar la diputada del PRI, Paola Gárate Valenzuela.

La retórica de Gárate Valenzuela se despliega con una tenacidad envidiable. Desde la tribuna legislativa hasta la ubicuidad de las redes sociales, su narrativa aborda las heridas abiertas de Sinaloa: la agonía del sector pesquero, la tragedia de las desapariciones y el avance inexorable de los feminicidios. Sin embargo, al analizar la arquitectura de su oratoria, emerge un vacío ontológico: la ausencia del sujeto responsable.

A diferencia de los grandes oradores de la diatriba clásica, como Demóstenes, quien personalizaba en Filipo de Macedonia la amenaza a la libertad helénica, o incluso de la agresividad jurídica de Cicerón contra Catilina, Gárate opta por un modelo de confrontación genérica. Su crítica se dirige a “el Estado”, “el Gobierno” o “las autoridades”, entidades metafísicas que, por su naturaleza colectiva, diluyen la culpa hasta volverla imperceptible.

La diputada parece emular, quizás de forma involuntaria, la tradición de Isócrates, aquel maestro de la retórica que evitaba el choque frontal para centrarse en la “decadencia de la polis” y la “formación moral”. En Gárate, esta técnica se traduce en un diagnóstico crudo —maquillaje de cifras, violencia institucional— que, al no ser aterrizado en nombres y apellidos, se convierte en una descripción sociológica más que en una acción política.

Incluso si invocamos a Karl Marx, quien teorizó contra “el capital” y “la burguesía” como estructuras, lo hizo con la intención explícita de subvertir el orden. En el caso de la diputada del PRI, el uso de estas figuras abstractas produce el efecto contrario: la inmunidad del funcionario. Si la responsabilidad no tiene rostro, no hay rendición de cuentas posible. Como en la hegemonía gramsciana, la crítica de Gárate ataca el “sentido común” del poder, pero deja intacto al bloque histórico que lo ejerce.

En la praxis política, el poder responde a la verdadera amenaza mediante el descrédito o la confrontación. El hecho de que Morena/Gobierno guarde un silencio casi sepulcral ante las embestidas de la legisladora abre una interrogante inquietante: ¿Es su discurso tan inofensivo que no merece réplica?

A diferencia de Luis Donaldo Colosio, cuyo diagnóstico del “México con hambre y sed de justicia” sacudió las estructuras internas del poder precisamente por su hipotético potencial de ruptura, el discurso de Gárate parece contenido dentro de los límites de lo tolerable. Se asemeja a una oposición de diseño funcional para el registro mediático, pero estéril para la desestabilización del statu quo.

Para desnudar la naturaleza de esta oratoria, es imperativo transitar de la descripción a la interpelación. Las preguntas que quedan suspendidas en el aire no son meramente informativas, sino definitorias:

Sobre la individualización del fracaso: Si el diagnóstico es el “colapso”, ¿quiénes son, con nombre y firma, los arquitectos de esa ruina? ¿Puede existir el pecado sin el pecador?

Sobre la finalidad política: ¿Busca su retórica la corrección del rumbo gubernamental o simplemente la administración de una narrativa de resistencia para consumo interno de su partido?

Sobre la sospecha de la negociación: En un ecosistema político de lealtades fluidas, ¿es su tono una decisión táctica del PRI o el resultado de un armisticio no publicado con el Ejecutivo?

Personajes como Nelson Mandela o Martin Luther King Jr. atacaron sistemas injustos (el Apartheid, el racismo segregacionista) mediante abstracciones poderosas, pero con un objetivo de movilización social que forzó cambios legislativos y humanos reales.

El discurso de Paola Gárate, al evitar el choque frontal con los operadores del sistema que critica, corre el riesgo de convertirse en una pieza de museo: estéticamente correcta, intelectualmente aceptable, pero políticamente inerte.

En política, lo que no rompe, no transforma. Y mientras la diputada decida no cruzar la línea del señalamiento directo, su voz seguirá siendo un eco en un recinto vacío, una crítica que, por no apuntar a nadie, termina por no incomodar a ninguno.

Nota para el análisis: La diferencia fundamental entre los grandes oradores que usaron abstracciones y el caso presente radica en el efecto. Mientras aquellos movilizaron masas para alterar el equilibrio del poder, la retórica actual parece ser un fin en sí mismo: el espectáculo de la oposición sin las consecuencias de la confrontación.

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