LA CRISIS DE LA UAS NO TIENE NOMBRE PROPIO

Una universidad de 170 mil estudiantes no entra en crisis por culpa de un Rector; entra en crisis cuando un modelo completo deja de responder a la realidad y no hay respuesta del Estado mexicano para atender sus problemas financieros-estructurales

Alvaro Aragón Ayala

Existe una vieja tentación en la política y en el periodismo de paga: atribuir los errores de los grandes procesos históricos y las fallas estructurales de las Universidades a una sola persona. Es una explicación sencilla, atractiva y cómoda ya que permite fabricar culpables inmediatos, construir villanos circunstanciales y ofrecer respuestas vacías a problemas extraordinariamente complejos. Sin embargo, la realidad rara vez funciona de esa manera.

La crisis financiera que hoy enfrenta la Universidad Autónoma de Sinaloa no nació con Jesús Madueña Molina, no comenzó con su Rectorado. No apareció hace tres años ni hace cinco. Es una crisis estructural que se fue formando durante décadas, al amparo de un modelo nacional de financiamiento universitario que dejó de evolucionar mientras crecían las obligaciones académicas, laborales, tecnológicas y sociales de las universidades públicas mexicanas.

Ninguna institución que atiende a más de 170 mil estudiantes, que opera centenares de programas educativos, que mantiene presencia en prácticamente todo el territorio estatal y que constituye uno de los principales motores de movilidad social de Sinaloa puede llegar al límite financiero por las decisiones tomadas durante una sola administración. Las instituciones de esta magnitud no colapsan por un Rector. Colapsan cuando problemas acumulados durante treinta o cuarenta años terminan haciendo implosión.

Por ello resulta intelectualmente insuficiente intentar explicar la situación actual de la UAS mediante narrativas centradas exclusivamente en coyunturas políticas, disputas personales o interpretaciones construidas desde el conflicto, pues la evidencia nacional demuestra exactamente lo contrario. Las mismas dificultades financieras aparecen en universidades públicas de Nayarit, Zacatecas, Morelos, Oaxaca, Michoacán, Durango, Tabasco, Guerrero, Chiapas y otras entidades del país.

¿También son responsables los Rectores actuales de todas esas universidades? La respuesta es no. Lo que comenzó a agotarse fue un modelo completo de financiamiento de la educación superior. Por décadas, las universidades crecieron en matrícula, infraestructura, investigación científica, cobertura territorial y responsabilidades académicas.

Se les exigió formar más profesionistas, abrir más espacios educativos, ampliar programas de investigación, impulsar la innovación tecnológica y garantizar una educación cada vez más accesible, pero el modelo de financiamiento permaneció prácticamente inmóvil. Jamás les subieron los presupuestos a la medida de las necesidades en expansión.

A ello se sumó un fenómeno que durante años fue conocido por las autoridades educativas y hacendarias federales: la expansión de sistemas de jubilaciones complementarias o dinámicas en numerosas universidades públicas, la mayoría de las veces sin fondos actuariales suficientes y sin partidas presupuestales específicas destinadas a garantizar su sostenibilidad futura.

El nacimiento de las jubilaciones dinámicas o universitarias nacieron si presupuesto y sin aportaciones de los trabajadores y jubilados beneficiados. Lo sabía la Secretaría de Educación Pública, la Secretaría de Hacienda, la Auditoría Superior de la Federación y los gobiernos estatales. Y, sin embargo, durante décadas el problema fue postergado.

La propia Federación llegó incluso a crear fondos extraordinarios para rescatar universidades con problemas estructurales, reconociendo implícitamente que la crisis era nacional y que su origen sobrepasaba a cualquier rector o administración universitaria en particular. Por eso resulta incorrecto y perverso, pretender convertir a Jesús Madueña Molina en el origen de una crisis que comenzó mucho antes de su llegada a la Rectoría.

Por el contrario, la administración encabezada por Jesús Madueña Molina impulsó una de las transformaciones financieras más profundas de la historia reciente de la Universidad Autónoma de Sinaloa como la Reingeniería Integral, la creación del Fideicomiso Pro-Jubilación, la adecuación institucional a los nuevos requerimientos federales, la construcción de mecanismos de sostenibilidad financiera, nuevos modelos académicos, etcétera.

Paradójicamente, muchos de quienes hoy responsabilizan al Rector de la crisis son también quienes rechazan las medidas diseñadas para resolverla. Es una contradicción difícil de ocultar toda vez que si algo demuestran los hechos es que la actual administración no creó el problema jubilatorio, no diseñó el viejo esquema nacional de financiamiento universitario y tampoco decidió la desaparición de los fondos federales de apoyo a universidades con problemas estructurales.

Lo que sí hizo fue asumir la responsabilidad de administrar una institución compleja en uno de los momentos más difíciles de su historia reciente transformado a la universidad. Sin embargo, todo cambio genera resistencias. Es una constante histórica. Por eso no extraña que cuando los argumentos técnicos comienzan a agotarse, aparece con frecuencia la línea perversa para desplazar ataques hacia las personas.

Es cuando la descalificación sustituye al análisis, cuando la siembra de la sospecha intenta reemplazar la evidencia, cuando bajo el argumento del agravio se recurre al insulto y a la criminalización. El ataque personal pretende ocultar la ausencia de respuestas frente a los desafíos estructurales, pero ninguna narrativa construida desde la animadversión puede modificar una realidad verificable.

La Universidad Autónoma de Sinaloa sigue creciendo, mantiene su cobertura educativa, conserva estabilidad institucional, sostiene sus actividades y sustantivas, continúa formando profesionistas, preserva su prestigio académico y sigue siendo la institución educativa más importante de Sinaloa. Estos datos son altamente significativos porque tumban la narrativa de desastre que intentan montar sobre la universidad.

La crisis financiera de la Universidad Autónoma de Sinaloa no comenzó con Jesús Madueña Molina. Lo que sí comenzó con él fue el intento de resolverla y esa diferencia, aunque algunos intenten ocultarla entre el ruido de los insultos y criminalizaciones, es la que terminará definiendo este capítulo de la historia presente de la Universidad Autónoma de Sinaloa. La UAS no necesita culpables. Necesita soluciones.

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