“Pío” Esquer y el insultante baile del MC en un Culiacán sembrado de cadáveres

Alvaro Aragón Ayala

​Hay imágenes que desnudan la miseria moral de una clase política ajena al dolor humano. Exacto. Mientras Culiacán atraviesa uno de los capítulos más sangrientos, oscuros y desgarradores, el partido Movimiento Ciudadano tomó los cruceros viales para bailar, ondear banderas fosforescentes y obsequiar sonrisas prefabricadas bajo el mando de su oligarca dirigente estatal, Sergio -“Pío”- Esquer. El desplante es error de agenda y un insulto, una bofetada a mano abierta para una ciudadanía que no está de fiesta, sino de luto, y que observa con una mezcla de rabia e impotencia cómo la mercadotecnia electoral pretende sepultar el estruendo de las balas con jingles pegajosos ¿Qué celebran exactamente “Pío” Esquer y su comparsa en medio del fuego cruzado? La indolencia y el oportunismo y, sobre todo, festejan su propia inmunidad ante el miedo colectivo que tiene a Sinaloa de rodillas.

​El panorama que Movimiento Ciudadano decidió ignorar es una realidad violentada que se respira en cada esquina de la capital sinaloense. La conversación cotidiana en Culiacán no gira todavía en torno a las próximas elecciones ni a los colores de moda, sino alrededor de los negocios familiares que quiebran en cadena, el desempleo rampante, las llamadas de pánico, los secuestros masivos y el goteo incesante de cadáveres que las autoridades ya ni siquiera se molestan en contar ni ocultar. Vivir en Culiacán significa exponerse al “blindaje” de las calles por convoyes militares y aceptar que el derecho a regresar vivo a casa es una moneda al aire. Es jugar a la ruleta rusa. Que en este preciso escenario de guerra no declarada, Sergio – “Pío”- Esquer y su MC hayan decidido montar un carnaval denota una desconexión patológica con la realidad, un autismo social tan severo que raya en lo criminal.

​Esta terca insistencia en convertir la tragedia en espectáculo de crucero evidencia el colapso absoluto de la política, la cual queda reducida a un burdo ejercicio de posicionamiento de marca. Para “Pío” Esquer y la cúpula naranja, la crisis no es un llamado a la acción, a la mesura o a la exigencia de justicia, sino una coyuntura incómoda que debe ser tapada con globos, calcomanías de mascotas mundialistas y dinámicas de redes sociales. La estética de la campaña naranja suplantó la dignidad: importa más capturar la fotografía perfecta para el algoritmo de Instagram o el video de Facebook con militantes sonrientes portando camisas de la selección nacional, que descifrar el estado emocional de una población traumatizada. Esta frivolidad convierte la labor partidista en una representación teatral grotesca, montada sobre el escenario equivocado y frente a un público que no busca entretenimiento, sino respuestas y consuelo.

​El verdadero pecado de Movimiento Ciudadano y su dirigencia sinaloense radica en su incapacidad absoluta para leer el momento histórico, en un analfabetismo social que confunde la apatía con la normalidad. Si la ciudadanía experimenta terror, incertidumbre económica y el dolor vivo de buscar a sus desaparecidos, lo mínimo que espera de quienes aspiran a gobernarla es pudor, silencio respetuoso o, cuando menos, un acompañamiento combativo y solidario. Ofrecer a cambio propaganda festiva y bailes coreografiados es un acto de agravio público a las víctima de la escalada de violencia. Al actuar como si nada estuviera ocurriendo, como si las balas fueran fuegos artificiales y el encierro forzado de las familias fuera un día de campo, Pío Esquer demuestra que para él y su partido, los sinaloenses no son seres humanos con miedo, sino meros votos potenciales que pueden ser seducidos con baratijas visuales.

​Detrás del ruido de los silbatos y el ondear de las banderas ciudadanas se esconde un vacío ideológico y programático aterrador que la dirigencia intenta ocultar con desesperación. Si se despoja a la movilización de Sergio “Pío” Esquer de sus colores llamativos y su música de fondo, lo que queda es la nada absoluta: un cascarón vacío de propuestas concretas para pacificar al estado. Hasta el día de hoy, el nuevo dirigente no ha sido capaz de articular un solo diagnóstico serio sobre el deterioro económico de las zonas urbanas, ni ha presentado una ruta crítica institucional para rescatar a los comerciantes locales que hoy se debaten entre la extorsión y la quiebra. Tampoco hay en su discurso una sola alternativa real para los jóvenes sinaloenses atrapados en la pinza letal de la falta de oportunidades y el reclutamiento forzado por el crimen. La pirotecnia visual de MC es una cortina de humo diseñada para esconder que no tienen la menor idea de cómo resolver la crisis.

​Esta insultante frivolidad callejera no hace más que profundizar y confirmar la peor de las percepciones públicas que pesan sobre “Pío” Esquer: su origen e identidad ligados a la oligarquía agroempresarial y a los grupos económicos tradicionales que siempre observan el dolor de Sinaloa desde la comodidad de sus oficinas blindadas. El gran reto político de Esquer al asumir la dirigencia era sacudirse ese estigma de aristócrata desconectado y demostrar que podía caminar las colonias populares, escuchar a los desempleados y mirar a los ojos a las víctimas de la violencia con auténtica empatía. En lugar de eso, prefirió importar el modelo de política chic, elitista y superficial de su partido, mandando a sus huestes a tomarse selfies mientras la periferia se desangra. Su incapacidad para mimetizarse con el dolor popular demuestra que el dirigente sigue viendo a Culiacán desde la ventanilla, arriba de su camioneta, incapaz de comprender que el suelo que pisa está sembrado de cruces.

​La historia política es implacable con los dirigentes que confunden la visibilidad mediática con la legitimidad social y que creen que por salir en la foto están transformando la realidad. La estampa de Movimiento Ciudadano bailando en los semáforos de Culiacán quedará registrada como el monumento definitivo a la impudicia partidista: un bando de cortesanos celebrando un mitin de colores mientras una ciudad entera intenta sobrevivir a su peor pesadilla. Ninguna fuerza política puede construirse de espaldas al dolor colectivo ni simular una normalidad democrática sobre banquetas y calles ensangrentadas y fosas clandestinas y avenidas semidesiertas. Con su monólogo de alegría plástica, Sergio “Pío” Esquer y su partido dejaron hablarle a la sociedad sinaloense para hablarse exclusivamente a sí mismos, firmando así su propia condena al aislamiento, demostrando que, en la hora más difícil de Culiacán, ellos prefirieron ser el bufón que baila sobre cadáveres y casquillos de bala.

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